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¡AQUÍ LA VIDA NO VALE NADA! Por al menos 5 dólares quemaron al chef de Los Ruices

La descomposición social en Venezuela es cada vez mayor. La vida de una persona no vale nada para quienes cegados por la ira, otros por la ambición, enlutan decenas de familias.

No sabían qué había hecho, pero vieron que el hombre salía corriendo y eso fue suficiente. Decenas de individuos reunidos frente a un supermercado patearon y golpearon a Roberto Bernal hasta dejarlo ensangrentado y aturdido. Después de todo, a ellos les habían robado teléfonos celulares, billeteras y motocicletas en los últimos años y pensaron que Bernal tenía cara de delincuente.

Foto: AP

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Un hombre encorvado, de pelo canoso, que venía detrás de ellos, dijo que Bernal lo había asaltado. La turba vació los bolsillos de Bernal y le entregó al anciano un fajo de billetes: el equivalente a cinco dólares. Alguien roció la cabeza y el pecho de Bernal con gasolina y le prendió fuego. Después todos vieron cómo se quemaba vivo.

“Era para darle una lección”, dijo Eduardo Mijares, de 29 años. “Estamos cansados ya de que la gente esté robando, no se puede salir a la calle por la inseguridad. La policía nunca está. Esto es un pueblo sin ley”.

A sus 42 años, Bernal, quien era chef profesional, se había quedado sin trabajo y hace poco le había dicho a sus hermanas que a él y su esposa les costaba alimentar a sus tres hijos. Quería irse a buscar fortuna a Panamá.

Esa mañana, tras salir de su casa y realizar diligencias, se detuvo debajo de un cartel que anunciaba un servicio de envío de bienes escasos desde Miami. Un hombre setentón pasó a su lado. Llevaba un fajo de billetes por valor de cinco dólares en una gorra de béisbol, que luego guardó en su saco, reseñó Sumarium.

Bernal tomó el dinero y salió corriendo hacia una parada de taxis donde había decenas de motocicletas estacionadas, según le dijo luego el anciano a los investigadores. El hombre salió tras suyo gritándole “¡ladrón!”.

Varios motociclistas sentados en un muro bajo, frente a un supermercado y que jugaban con sus teléfonos y tomaban café en vasos de plástico, vieron que los hombres se les acercaban. A alguien se le ocurrió sacar gasolina del tanque de una moto y colocarla en una botella. A medida que el aire comenzaba a oler a carne humana, el griterío cesó.



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