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¡SIN DESPERDICIO ALGUNO! Breve historia del voto contada por Laureano Márquez

La historia del voto es casi tan vieja como el hombre mismo. En la antigua Grecia (que fastidio que todo haya que remitirlo a la antigua Grecia, pero así son las cosas -como diría Yanes- somos parte de la cultura occidental, esencialmente griegos) se votaba con eso que llaman nuestros parlamentarios hoy la señal de costumbre: levantando la mano.

Eso en griego se llamaba “cheirotoneo”, literalmente se traduce como “extender la mano”. Quien quita que de este origen derive el hecho de que muchos candidatos vinculen el voto con la limosna -que también se obtiene extendiendo la mano- y decidan darle limosnas a la gente justamente en tiempo electoral, transformando en votos la miseria de los ciudadanos.

Foto: Tal Cual.

Foto: Tal Cual.

Sobre esto de votar con las manos, el gran Aristófanes, que a todo le encontraba chiste, puso en boca de las mujeres -que dicho sea de paso en la sociedad machista griega no tenían ningún derecho, a pesar de que Pericles decía siempre “griegas y griegos”,suidadanas y suidadanos“- en su obra “Las asambleístas” el siguiente verso: “¿cómo haremos nosotras que solo sabemos levantar las piernas para levantar las manos?”, a lo que Praxagoras responde: “la única dificultad auténtica es que en las votaciones solo se levanta un brazo”.

Son chistes griegos de carácter claramente discriminador y sexista, que no compartimos y solo reproducimos aquí por cultura general en torno al voto y como muestra de lo que se ha tenido que luchar en occidente por lograr el sufragio ese que llaman “universal, directo y secreto”.

Sobre este último aspecto hay que apuntar que el voto a mano alzada presentaba una dificultad: se conocía la identidad del votante. Pericles tenía un par de sobrinos a los que los atenienses llamaban “los pericleros”, cuya misión era la de ir identificando por quién votaban los electores.

A los gobernantes autoritarios les encanta decir que ellos conocen la forma como vota la gente (para asustarla por aquello de la limosna. Como ven, el uso político del miedo es un asunto que también tienen su historia).

Por esta razón los griegos inventaron también el secreto del voto, para que los votantes pudieran votar sin temor a represalias por sus opiniones políticas. Lo de la famosa “lista de Pitágoras” son exageraciones de los tergiversadores de la historia. Lo único que sí dijo el matemático samonense es que muchos votantes son realmente unos catetos a la hora de expresar sus preferencias políticas.

Para evitar riesgos, la sacerdotisa Tibisópulos de Lucenea se inventó una modalidad de votación conocida como “psephophoria”, que se hacía usando una piedra (psephos) colocada en un ánfora (hydría). Nótese como cambian los tiempos: a diferencia de hoy, un tira piedras en la antigüedad griega era un verdadero demócrata. Con la piedra en el ánfora se votaba anónimamente bajo el lema de: “tu voto es secreto y marrón”.

Terminada la votación, Tibisópulos anunciaba la “victoria Nike” (porque decía ella: “¡ni ke yo fuera imparcial!”), cosa que sucedía luego de que los atenienses pasaban varias horas contemplando la barandita del Partenón de Atenas. Al conocer los resultados, la gente celebraba, pero en su casa tranquilitos porque los espartanos se ponían belicosos cuando perdían.

Hasta aquí llega esta breve historia del voto. Debemos imitar a los griegos y defender el destino de la polis. Ellos votaban muy animados porque conocían los resultados de las encuestas de Luis Heráclito de León quien dijo alguna vez: “nadie se baña dos veces en las aguas de una misma derrota”. Así que vienen tiempos de “calma y cordura”, como diría el general, porque esta historia Atenas comienza.

Por Laureano Márquez.



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