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¡DESGARRADOR! La dolorosa despedida de algunos de los mineros masacrados en Tumeremo (+Fotos)

Dolor, tristeza e indignación protagonizaron el sepelio de algunos de los mineros asesinados en Tumeremo, estado Bolívar, quienes fueron masacrados por la banda de “El Topo” por el control de una mina.

El viacrucis tanto de víctimas y familiares comenzó a las 11:25 de la mañana del miércoles 16 de marzo. El asentamiento militar Fuerte Tarabay, enclavado en medio de la nada, se conviertió en morgue improvisada desde el lunes. Allí los dolientes recibieron los cuerpos magullados de sus seres queridos, descompuestos, en mal estado.

Créditos: EFE.

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“Mi Dios ¿por qué me hiciste esto?. ¡Te pedí que me llevarás a mi!”, grita una señora vestida de blusa negra y licra gris. Camina encorvada y abraza a la fiscal general, Luisa Ortega Díaz, quien entrega los restos mortales de los 17 mineros que tienen 10 días desaparecidos. 15 hombres y dos mujeres que vieron su mala hora en los ojos del “El Topo”, el delincuente que realmente gobierna en la zona. El que inspira miedo a los tumeremenses.

Créditos: EFE.

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Para llegar al Fuerte, los cuerpos hacen una travesía. De la mina el Miamo, donde los asesinaron con un tiro en la frente; “El Topo” los traslada en un camión de volteo a la mina El Nuevo Callao donde está la fosa común, donde los consiguen las autoridades. De allí, a Tumeremo, reseñó Efecto Cocuyo.

Al oír el nombre de sus familiares, dicho por los funcionarios, cada representante levanta la mano; sin querer hacerlo. Es la señal para hacer saber que el cuerpo tiene dolientes. 15 minutos dura la entrega de fallecidos. Sin cámaras televisivas, sin lentes fotográficos. La premisa es resguardar a los familiares de las víctimas de los asesinos (y probablemente también de la prensa).

Créditos: Reuters.

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A kilómetro y medio del Fuerte Tarabay se encuentra la entrada del barrio La Caratica. Una lomita que soporta la frondosa mata de mango del sector -y al lado una cancha deportiva- marcan el punto de referencia. La cancha recibe los féretros de quienes fueron sus vecinos, la gente entre llantos, aguarda para un último adiós.

Dos horas y cincuenta minutos transcurren desde que se entregaron los cuerpos a los familiares para comenzar a ver el desfile de convoys del Ejército. “Ahí viene mi muchacho”, dijo Rosaura, una señora cristiana de tez morena y cola de caballo. No es la madre de ninguno, pero siente al fallecido como suyo. Era su vecino de toda la vida

Créditos: Reuters.

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En un convoy militar vienen los restos mortales de: Néstor Ruiz, José Ángel Ruiz y José Armando Ruiz, tres hermanos unidos por un lazo familiar y ahora por la muerte. Víctimas de la sangre fría de “El Topo” y su secuaz, “El Miguelito”.

Créditos: Reuters.

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Jesús Alfredo Aguinagalde viene en el vehículo militar. También recibió un disparo en la cabeza, tan solo por atravesársele al pran de Tumeremo.

“Yo te quería vivooooo”, grita una señora que días atrás protestó enérgicamente en la Troncal 10. Los testigos también están consternados “Hasta cuándo nos pasa esto en este pueblo”, se preguntan los habitantes, que esperaban respuesta desde el 4 de marzo, cuando se denunció por primera vez la desaparición de los mineros. El que no llora, mínimo, se le agua el guarapo.

Al cementerio de Sifontes llega mucho pueblo. El olor de los cuerpos descompuestos se concentra. Disimuladamente las narices se arrugan. Las fosas nasales tratan de resistir la entrada de aire. Fueron diez días enterrados en una fosa común. Los cuerpos no pudieron ser velados con el ataúd abierto. Aún cerrados, el hedor logra colarse fuera del féretro.

Créditos: EFE.

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Con información de Efecto Cocuyo.



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