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¡TE TOCARÁ EL ALMA! “Vuelvan”, el conmovedor escrito de un venezolano a quienes se fueron del país

Hace minutos corté el teléfono. Hablaba con Betty. Ella en Chicago y yo en Paraguachí. Me decía que esta iba a ser la peor Semana Santa de su vida. Estar sola en casa con apenas un mes de casados y teniendo que trabajar por primera vez en días festivos no iba a ser algo agradable.

Yo vine a Venezuela un par de semanas por un asunto de trámites. Decidí pasar una semana en Caracas y otra en Margarita. Los trámites se retrasaron una semana más porque decidieron dar toda la Semana Santa como “no laborable”, y mi esposa se tuvo que quedar gracias a la gracia la semana sola.

Foto: @Trinajlv

Foto: @Trinajlv

El día 1 Alejandro me buscó al aeropuerto Santiago Mariño y me llevó a casa de Eleazar. ¡Vamos a beber! Y terminamos siendo nosotros tres y Mario, quien se iba de la isla en dos días. Alejandro celebraba su one-way ticket a Santiago de Chile y Eleazar se daba cuenta de que se iba a ir primero que Alejandro, pero a Buenos Aires.

En la piscina sentí un vacío inmenso. No estaba Gabriel. Mi pana. Mi hermano que al llegar a Margarita siempre me hacía sentir en casa. Lo llamamos por WhatsApp y entre chistes en los que decía que iba llegando se me iba a salir una lágrima.

El día 2 fui a comer con Oney a Porlamar. Me contó que le ofrecieron un mejor sueldo a cambio de que firmara un contrato que diga que no se va a ir a vivir fuera de Margarita en 5 años. “No lo pude firmar, yo me quiero ir pronto”, me dijo. Hasta ahora, nunca había pensado cómo sería la isla sin mi amigo.

El dia 3 hablé con Ariana que está en Buenos Aires y que antes vivía en Paraguachí. Extrañé no ir a su casa caminando a beber Ámsterdams y comer ceviche del papá mientras jugábamos Scrabble o veíamos alguna película de Wes Anderson o Spike Jonze. Es mismo día 3 me trajo un taxi por la calle donde vivía ella y Gabriel. Tuve que cerrar los ojos para no llorar.

El día 4 fui al Sambil a esperar a mi mamá que estaba en una conferencia médica. Me fui a pasear por las tiendas a ver si veía a Paola (que ahora está en Italia) o a Paúl (que ahora no trabaja en Tangle) y nada. Caminé solo. Revisé mi agenda de contactos. Y mientras me paraba en amigos que vivían en Margarita para llamarlos, recordaba en qué parte del mundo estaban: Europa, Sudamérica, Panamá, Gringolandia.

El día 4 también fue el día que la mesonera de Hard Rock Café dijo que sabía quién era yo. Y me alegró un poco. “¿Viste, te encontraste a alguien?” Me dijo mi mamá, como si me estuviera consolando una enfermedad. Y así fue que me di cuenta de que sí, me había enfermado de algo, de extrañar a algo que jamás volverá a existir.

El día 4 me encontré con Alejandra y el esposo quienes para mí eran una bandera de construir una familia en Venezuela. Luego de joder con el tema de mi matrimonio y echarles el cuento de la vaina, caímos en el tema del “pa’ cuándo los carajitos”. Alejandra se detuvo toda seria y me vio por encima de los lentes preguntándome si estaba siendo serio “¿Dónde estamos, Moisés?”. Y me dijo que no piensa tener carajitos en Margarita. Que ahora hacen planes para Medellín o Santiago, “lo que salga primero con trabajo”.

El día 5 fue en la playa. Parguito, obvio. Estaba full, como de costumbre. Como en una Semana Santa normal. Salí otra vez con Ale, el esposo y con Eleazar. La pasamos bien, súper de pinga. Hasta que fui a comprar la empanada donde Eudys. “¿Y los muchachos?”, me preguntó la doña. Y aquí hacía referencia a Vicente, Ariana, Chichi, Francesco. Hacía referencia la época del freesbee o la de los tambores. La época en la que la playa era nuestra, porque éramos los locales y con un par de tambores prendíamos la rumba y chapeábamos hablar con un acento margariteño medio forzado para que se notara que éramos de ahí.

El día 5 fue el peor. Uno cuando está lejos sabe que las cosas están mal porque mi mamá dice que no hay agua, que no se consigue papel tualé o que está difícil agarrar autobús porque no hay repuestos y tú más o menos entiendes la situación y te haces una idea. Cuando llegas, te das cuenta de que tú país cambió más de lo que te imaginaste, y bueno, es chimbo que no hay agua, pero digamos, alguna vez en todos los años que viví en Margarita hubo una época en la que no había agua. También hubo épocas en las que se iba la luz mucho. Hubo épocas en las que no se conseguían cosas. En el 2003, por ejemplo, no había Coca Cola. Entonces, digamos, que la situación era manejable. Margarita seguía siendo Margarita, pero si agua o sin luz de a ratos.

Pero ahora es Margarita sin agua, sin comida, sin papel tualé, sin gente, sin orden, sin estructuras, sin metodologías, sin progreso.

Cuando hablo con Betty y le cuento sobre Margarita, pienso en la Margarita de 2007 o 2008. Pienso en la Margarita de todos montados en la camioneta de Antonelli yendo a Parguito de lunes a lunes. A veces pienso en la Margarita de 2013, donde Amalia me dejaba en mi casa todos los domingos a las 8 de la mañana. Pero también pienso en la Margarita de 1995 en donde vivíamos minados de europeos y canadienses y estaban a punto de construir un monoriel para modernizar la isla.

Cuando hablo con Betty y le cuento de mi isla, le cuento cosas sin querer que ya no existen. Le cuento cosas que para mí fueron muy importantes como si todavía estuvieran allí. Y ella me cuenta cosas de Uruguay. Y esas cosas de Uruguay que me cuenta todavía existen. Y uno puede ir ahí y tocarlas y verlas, sólo hay que tomar un avión. Sin embargo, ¿cómo le explico si alguna vez viene para acá que la isla que está no es la isla que estaba? ¿Cómo le explico que, como diría Castillo Zapata que dice Baudelaire, de dónde soy lo que queda es el fósil? De donde soy, lo que quedan son las ruinas. Traer a Betty a Margarita, sería como llevarla a un tour de ruinas por Atenas. “Y aquí, querida mía, es donde Zeus se sentaba a leer el periódico mientras Hera le preparaba un guayoyito como le gusta a él”. ¿Cómo le explico a mi esposa que mis ilusiones de que conozca de donde soy, sólo pueden ser posibles si conseguimos una máquina del tiempo?

Entonces, ¿si somos de algo que ya no existe, de dónde somos? ¿Somos venezolanos mitológicos o como un ente errante por el mundo cuya realidad dejo de existir?

Por otro lado, ¿qué pasa si volvemos? ¿Qué pasa si un día decidimos todos volver a llenar la isla como era antes? Y llenamos las cuadras con nosotros, con nuestra alegría y nuestro trabajo, con nuestra margariteñidad. ¿Qué pasaría si volvemos y lo arreglamos? ¿Cómo serían ahora nuestras vidas si todos volviéramos a estar aquí? ¿Cómo serían nuestras vidas si no nos hubiéramos ido nunca y el desastre no hubiera pasado?

A una semana de irme a vivir fuera del país, tengo las bolas de decirles que vuelvan. Que no se vayan de la isla para siempre. Que la isla los extraña. Que nos extraña. Que nos va a extrañar. Que los extraño. Mucho. Que las ruinas que quedan de lo que fuimos son pocas, pero es lo único que queda del “de donde somos”. Que tenemos que conservar nuestras fósiles. Que no nos dejemos absorber por el mito. Que revivamos.

Que recordemos. Que volvamos algún día. Por partes. Así como nos fuimos. Volvamos por ratos. Volvamos con nuestros hijos. Así sea un segundo. Así sea un ida por vuelta. Así sea para el check-in. Pero volvamos. No se vayan para siempre, porque si ustedes ya no se acuerdan que son de aquí, porque si ustedes ya no son de aquí, porque si sus ruinas ya no están aquí, yo ya tampoco sabré de dónde es que soy.

Por Moisés Lárez.

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